El cantón murciano

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Fuente: Wikipedia

El contexto.

El fenómeno cantonalista se inscribe en el marco de la Primera República española, siendo una de las manifestaciones más extremas de dicho período ya que entrañó una explosión de anhelos populares largo tiempo acallados.

Tras la abdicación de Amadeo I, las Cortes, unidos Congreso y Senado en una convocatoria de legalidad dudosa, proclamaron la República el 11 de febrero de 1873. Votaron a favor 258 representantes y en contra 32, aún cuando la mayoría de los diputados eran monárquicos. La presión popular fue un elemento clave para comprender la proclamación y la posterior aceleración de la acción política republicana.

El gobierno provisional convocó elecciones a Cortes Constituyentes en mayo de 1873, siendo ampliamente ganadas por los republicanos federales. Las nuevas Cortes aprobaron el establecimiento de la República Federal el 10 de junio con una amplísima mayoría. Se iniciaba así el debate de nueva constitución republicana.

Las divisiones republicanas –intransigentes o exaltados, centristas y moderados– llevaron a Pi i Margall al gobierno y la constante presión popular aceleró la revolución cantonal. El 1 de julio los diputados intransigentes abandonaron las Cortes al parecerles insuficientes las medidas del nuevo gobierno y no estar de acuerdo con el cariz que tomaba la redacción de la nueva constitución. Inmediatamente formaron un Comité de Salvación Pública –obsérvese la afinidad conceptual con la Revolución Francesa– y reclamaron la formación de cantones en toda España.

El cantón era una forma de organización territorial en la que una ciudad y el territorio bajo su influencia –equivalente en buena parte con el término municipal– se constituía en una unidad política independiente que después podía unirse con otros cantones para conformar un gobierno federal: la Federación Española. La principal divergencia entre los republicanos afectaba a la manera de constituir este modelo de gobierno; mientras los intransigentes proponían hacerlo de abajo a arriba, los restantes republicanos federales pretendían aprobar la constitución primero y después organizarlo desde arriba –gobierno de la nación– hacia abajo. En cualquier caso nunca se cuestionó la unidad de España, a pesar de la fragmentación del Estado que suponía su modelo.

El cantón murciano.

El epicentro de la sublevación fue Cartagena pero la sublevación se extendió también por otras localidades murcianas, incluida la capital: Torre Pacheco, San Pedro del Pinatar, Alcantarilla, Cieza, Caravaca, Cehegín, Molina de Segura, etc. No obstante, siempre existieron disensiones entre Murcia, cuya Junta era más moderada, y Cartagena, especialmente por las exacciones económicas que pretendía la ciudad portuaria. La gran excepción fue Lorca, que no quedó bajo el control de los sublevados y sirvió de refugio a las autoridades centralistas y a la jerarquía eclesiástica huida de Murcia.

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Puerto de Cartagena. Fuente: Foro Todo Avante

El objetivo de este movimiento revolucionario era crear una unidad política en torno a las fronteras de la provincia: el cantón murciano. En ello estaban de acuerdo todas las juntas, aunque el papel protagonista lo tuviese, a su pesar, Cartagena.

El 12 de julio los cantonales toman los castillos que protegen la ciudad así como el Ayuntamiento. Inmediatamente se formó una Junta Revolucionaría de Salvación Pública que otorgó a Antonio Gálvez –alias Antonete– la jefatura de las fuerzas revolucionarias. Con ayuda del general Juan Contreras lograron apoderarse de la flota de guerra que se hallaba en el puerto y del Arsenal de la Armada. De esta forma quedaron en su poder cinco fragatas, dos vapores de guerra y una corbeta. Con esta fuerza y el dominio de los castillos fortificados próximos, el cantón cartagenero logró mantener su independencia hasta el 12 de enero de 1874.

Una vez asentado el poder en Cartagena el objetivo de la Junta fue expandir la revolución. Con ello se pretendía lograr dos propósitos: reducir la presión gubernamental sobre el cantón murciano y evitar un posible cerco, y obtener recursos para mantener en armas a los 9.000 hombres que formaban el ejército cantonal.

Las expediciones terrestres se dirigieron hacia ciudades importantes –Hellín, Lorca, Orihuela– que habían quedado en manos del gobierno. Las navales abarcaron un amplio territorio que se extendía desde Valencia hasta Málaga, y ello a pesar de que el gobierno declaró piratas a todos los buques cantonales por lo que algunos de ellos fueron capturados por las armadas británica y alemana.

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Las sublevaciones cantonales. Fuente: Wikipedia

 

El declive de la experiencia cantonalista se produjo a partir de la derrota de Chinchilla (10 de agosto de 1873) a manos del general Martínez Campos. Además de las pérdidas humanas y materiales, el fracaso militar dejó abierto el camino hacia Murcia que fue ocupada por el ejército gubernamental el 13 del mismo mes. Las Juntas de las localidades cantonales se disolvieron y solamente resistió el cantón de Cartagena.

El asedio de la ciudad, que duraría seis meses, fue extremadamente violento. Unos 30.000 proyectiles de artillería cayeron sobre la ciudad en ese tiempo destruyendo un 80 % de la misma y con episodios tan dramáticos como la explosión del Parque de Artillería que ocasionó la muerte a más de 500 civiles. Este hecho aceleró la rendición final.

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Ruinas del Parque de Artillería. Fuente: Forocartagena.com

Acción política e ideología.

Las medidas políticas que impusieron los gobiernos cantonales, aunque con leves variaciones locales, tuvieron una clara impronta progresista: indulto de presos políticos, incautación de bienes eclesiásticos, jornada laboral de ocho horas, supresión de los monopolios, supresión de los consumos, reconocimiento del divorcio, derogación de la pena de muerte, derecho al trabajo, etc.

Esta política progresista fue acompañada de otros gestos que la afianzaron, como la adopción de la bandera roja o el uso de un vocabulario político heredado de la Revolución Francesa. Igualmente la influencia de la reciente Comuna de París (18 de marzo-28 de mayo de 1871) estuvo presente en la acción revolucionaria del cantón.

La ideología más claramente manifiesta es el republicanismo federal. Se trata, no obstante, de un republicanismo imbuido aún de un espíritu ilustrado y mesiánico: llamadas a las virtudes ciudadanas, la honradez política, la valentía, la ilustración del pueblo, el patriotismo, etc. Estas ideas estaban lejos de buscar una ruptura revolucionaria ya que en ellas predominaba el pragmatismo, la consideración hacia los principios constitucionales y el respeto por la propiedad privada

Las vinculaciones del cantón murciano con la Internacional distan de estar claras. Si bien la Junta cartagenera incorporó a algunos miembros de esta organización, otras, como la de Murcia, se opusieron a cualquier relación con la misma. De hecho el distanciamiento ideológico es claro en temas cruciales como el tratamiento de la propiedad o las medidas sociales.

La composición social de los revolucionarios tuvo un indudable carácter pequeño-burgués, con un importante componente militar. Este fue el sector dirigente de la sublevación que gozó, no obstante, de un amplio apoyo popular basado en la creencia en los mitos republicanos antes expuestos.

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